Madrid. 14 de julio de 2008

Durante la celebración francesa de su hito patrio y genocida, aparecen algunos mandatarios como el emir de Qatar o los dirigentes de Siria y Egipto. Me insinúan que alguna de estas personas resulta decisiva para comprender el desarrollo de la política internacional. Un desarrollo de tremenda relevancia y de corta duración.

Vigo. 13 de julio de 2008

Me levanto pronto. Anoche programé el despertador del teléfono para dejar la cama a las ocho. Pero desde hace ya un rato no soporto el intenso graznido de las gaviotas. Antes de que den las nueve salgo a la calle y observo los edificios de las vías Policarpo Sanz y García Barbón. Después regreso al hotel y desayuno en una pequeña estancia con veladores.
A las nueve y media he ido a misa en frente del NH. Ha ocurrido algo extraño.


© José María Sánchez G.



© José María Sánchez G.


© José María Sánchez G.

Durante la lectura del Evangelio en misa de nueve y media han entrado cuatro jóvenes. Vestían con ropas negras y de algún color insulso. Se han colocado uno o dos bancos delante de mí, pero al otro lado del pasillo. Cuchicheaban entre sí, como un grupo de adolescentes. Al cabo de unos minutos, se han marchado dos. A uno de los dos que se han quedado le han devuelto un teléfono. Hasta el momento de la comunión estos dos no se comportan de modo indecoroso, sino más bien de manera aceptable en esas circunstancias.
La celebración discurre ágil y con brevedad. Como estoy casi recién desayunado, permanezco sentado en mi banco durante la comunión, lejos del altar. Aquellos jóvenes de aspecto pendenciero se dirigen hacia el presbiterio, con unos andares demasiado afeminados. Después de pasar junto al cura y el copón, se van por una nave lateral. En paralelo, una feligresa se dirige, con premura, hacia estos dos. A pocos metros de la puerta de salida, ella los detiene y le espeta a uno: “¡Cómetelo!”.
El interpelado se queda sorprendido. Ella lo conmina a que abra la mano. Lleva ahí la hostia. Se la mete en la boca, antes de retirarse del templo en compañía del otro.
Después de la misa, hablo con esta mujer. Debe de estar cerca de los cuarenta, aunque su figura es esbelta, sus ropas alegres y sus gestos decididos. Se la nota dolida. Con suave acento chileno, me cuenta que ha andado al quite, puesto que ha estado sentada en los primeros sitios. A esta feligresa le chocaba la vestimenta de la pareja; a mí —le traslado— me inquietaba más la forma de caminar tan poco masculina. Ella me confiesa que tiene un hijo “gay”, pero que no se dedica a ese tipo de “tontadas”.
Me cuentan que cerca de esa iglesia hay bares “de ambiente”.

Vigo. 12 de julio de 2008

De noche me pongo un jersey y salimos a cenar por la Plaza de Compostela. Luego nos tomamos un par de copas. Todo parece tranquilo, como si la ciudad estuviera medio desierta. Muy agradable. Cuando nos recogemos, casi a las dos, empieza a llenarse la calle de gente.

Madrid. 11 de julio de 2008

Leo en El País que se ha formado una cola tremenda para adquirir el iPhone. La nueva versión se pone a la venta hoy en todo el mundo. Telefónica tiene la exclusiva en los países donde opera, si no ando mal informado. A la puerta de la sede de Gran Vía han estado esperando cientos y cientos horas y horas.
Este esfuerzo y empeño se me antoja similar al de quienes acampan junto a un estadio para comprar una entrada de un concierto de Madonna o Bisbal.
¿Para qué estarían ustedes dispuestos a esperar? No me valen respuestas del tipo “la paz en el mundo”.

Madrid. 10 de julio de 2008

Como estos días ando bastante rato trabajando en casa, en las pausas ordeno libros, papeles, riego las plantas o miro qué emiten en televisión. A media mañana, he visto un par de minutos del programa de Ana Rosa. Entrevistaba a una mujer que hace casi diez años —adolescente— sufrió un paliza en el instituto o el colegio, no me he aclarado. Le dieron estopa unas compañeras y se ha quedado coja de por vida. Acaban de terminar todos los procesos judiciales. Al menos, a su favor.

Cuando un servidor estudiaba el bachillerato, había peleas con cierta frecuencia. A los varones nos satisface —id est, nos deja a tono— desgastar nuestras hormonas con métodos más o menos toscos, cuando no violentos. Recordemos que “vir” y “vis” se confunden en la etimología. En cierta ocasión, uno de mi clase se enfrentó a otro quinceañero agerrido como un gallo. No coincidían en el aula, pero sí en el patio.
Después del horario lectivo y fuera del centro docente, este último esperó a aquel en camarilla con dos amigos. Le rompieron dos dientes. Luego, mi colega decidió cambiarse de colegio.
Este chico creció poco más, puesto que ya era bien alto y fornido. En la universidad no se granjeó muchas amistades.
Me llamó un par de semanas atrás. Ha estado viviendo en Francia, Méjico, Pakistán y Egipto. Piensa permanecer dos años aquí. Se casa hoy.

A las cinco de la tarde de este jueves acudo a la boda. En la calle el aire está recalentado. Me he vestido con traje y corbata. El sol brilla con intensidad, y todavía demasiado alto. Tras varios minutos sin sombra ni brisa, viendo pasar taxis ocupados, logro que pare uno. Le dicto la dirección. El coche no cuenta con aire acondicionado. Y encima el conductor ha conectado la cadena SER; charlan con Pedro Zerolo. No sé qué me mortifica más.

En la ceremonia y la cena se encuentran poco más de cincuenta personas. Familiares. Sólo cuatro amigos, y sólo uno de estos cuatro aparece con la parienta. Las otras no saben nada del nuevo matrimonio y prefieren la atmósfera climatizada de la oficina.

Conocí a la novia en 2005. Desde entonces he departido con ella en tres o cuatro ocasiones, cuando él ha venido por acá de paso. De nacimiento tunecina, fe mahometana y piel morena, se expresa en español y ha residido amplio tiempo en París, donde trabó relación con mi compañero de colegio. Le gusta el vino rosado, pero detesta el cerdo. A su hermano lo he felicitado con un “Shalam alai-qum”. Sonriente, me ha replicado con el “Alai-qum shalam”. También le agradan los vinos españoles y los huisquis escoceses.
Pido perdón a los puristas del Islam. Porque al parecer se transcribe mejor “As-Salâmu ‘aleicum”. Sucram.

Madrid. 9 de julio de 2008

Llevaba casi dos meses sin escribirles, queridos lectores. Quienes más me conocen se figuran a qué se debe este enorme lapso. Y, además, han podido leer mientras tanto algún reportaje y artículo que he publicado.

El otro día fui a comprar unos refrescos en una tienda de precios baratos que hay cerca de casa. En la caja de al lado atendían a un señor con acento eslavo, barba de cuatro o cinco días y aspecto desaliñado. Portaba una bolsa pequeña de viaje —cuero malo desgastado, con grietas— de la que sacaba el dinero con que pagar. Monedas de cinco céntimos, un céntimo, veinte, cincuenta. Luego pidió una tarjeta Vodafone.

Ayer me enteré de que ha terminado el juicio del “ácido bórico”. Inspecciono la sentencia y encuentro varios puntos donde se reconoce que los acusados han manipulado los informes de marras. Pero, a renglón seguido, el tribunal se decide por la absolución. Me acuerdo de Alberto Cortina y Alberto Alcocer. Y del “caso Bono”: se admiten las detenciones ilegales, pero los policías implicados no reciben condena alguna.
Bueno, ustedes pueden quedarse felices, si lo que les importa es ver cómo se fastidian Acebes, Esperanza o Losantos, que se fastidia con Jota.


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© J. M. Sánchez