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Madrid. 30 de septiembre de 2007 Me llaman mis padres. Me piden que les haga una gestión de Telefónica. Han solicitado y obtenido la suspensión del uso y pago de la línea de voz, pero les sigue funcionando la ADSL. Y, claro, no están para sorpresas en la factura. Ellos me han traído a este mundo, de forma que tampoco me resulta tan molesto llamar al 1004. Madrid. 29 de septiembre de 2007 Hablo con una tía de Málaga. Su suegra vivió un larga temporada en Tánger, durante los años del protectorado. Es la que hace unos pasteles moros de padre y muy señor mío. Se ha puesto al teléfono, me ha dado —telefónicamente— un abrazote de abuela cariñosa. Sí, suena a pleonasmo esto último. En fin, me dice que el rombico moro de miel se llama shuparquía. Madrid. 28 de septiembre de 2007 Anoche estuve tirando unas canastas en el colegio. Mis sobrinos andaban por ahí, puesto que su madre se encontraba reunida con los profesores y las demás progenitoras. Los niños empujaban el balón hacia el cielo con todas sus fuerzas, como si lo catapultaran. Encestaron un par de veces. En un Caprabo del barrio de Salamanca he comprado un par de fruslerías, anchoas y un poco de queso de cabra. Madrid. 27 de septiembre de 2007 He llamado a la compañía Ono, porque me surte de conexión a Internet —cable coaxial, nada de línea telefónica—, y quería que me pusieran una extensión en otra alcoba que usaré un tiempo como despacho. Es más soleada, menos ruidosa y da a un parterre con plátanos y coníferas. Madrid. 23 de septiembre de 2007 He estado con una amiga que trabaja ahora en la Clínica Universitaria de Navarra. Es psiquiatra, así que le he contado una vivencia acontecida mientras un servidor estudiaba la carrera. Un compañero de clase, que había llegado a la facultad algo excéntrico y con jeribeques de neurastenia, desapareció durante tres días en segundo curso. Era generoso, atento y de temperamento septentrional. Al cuarto día lo volvimos a ver. Le preguntamos dónde había estado. En su piso de estudiantes, decía. Se levantaba por la mañana, se duchaba y vestía, desayunaba, y luego se tendía en la cama durante horas, mirando las musarañas. La semana siguiente apareció en el campus con un cuchillo de cocina en la mochila. Persiguió a dos o tres de la promoción. Después, entró en el colegio mayor donde se alojaba un amigo sevillano junto al que solía sentarse en el aula. La portera le abrió, puesto que lo conocía de vista. Aunque en ese momento los residentes estaban en el comedor, algunos que frecuentaban el colegio llegaban a esa hora para estudiar en la biblioteca, después de tomarse un bocadillo. Este compañero extravagante anduvo hasta la habitación del andaluz y le deshizo todo un cuaderno de apuntes de casi 200 páginas. No quedó un pedazo mayor que un pulgar. En algunos de los papeles escribió con tinta roja: “Te voy a matar”. Lo encontraron sentado en un silla del dormitorio, sangrando por los carrillos y con una cuchilla de afeitar en la mano. En las paredes había manchas carmesís. Madrid. 22 de septiembre de 2007 He hecho la compra de la semana en Alcampo: pescado congelado, pollo, champiñones, galletas, kiwis, plátanos, vino, judías, patatas, pimiento, vinagre de Módena, etcétera. Junto a los lineales de la leche habían colocado un tenderete de promociones. Alguien disfrazado de tigre de peluche ofrecía bollitos a quienes pasaban. Cuando crucé por ahí, una chica posaba abrazada a este azafato (a azafata) vestido de muñeco, mientras su novio (o su hermano) la fotografiaba con el teléfono móvil. Madrid. 21 de septiembre de 2007 Esta mañana he consultado varias webs. En Libertad Digital ofrecen una reseña de un libro sobre el proyecto hitleriano de Estado de “bienestar”. Pensiones, seguros médicos, impuestos progresivos, ayudas a la vivienda y la familia, nacionalización de sectores industriales estratégicos, etc. En su “Historia Universal” (Eunsa), Gonzalo Redondo dejó escrito que en 1933 más de 5’5 millones de alemanes carecían de trabajo; al cabo de tres años de gobierno nacional–socialista, ya no había paro (cfr. tomo XIII, pp. 290-292). Por su parte, David Álvarez, en Balazos, habla sobre el globo terráqueo que el Führer examinaba en su despacho de la Cancillería. Hasta que aparecieron por ahí los soldados de Stalin y lo dejaron todo hecho unos zorros. También saca a colación David una referencia acerca de un álbum de fotografías de Auschwitz. Resulta que un ayudante del que cortaba el bacalao en el Konzentrationslager captaba, cámara en ristre, momentos de la vida cotidiana en aquellos lares. En esos retratos no aparecen las personas que han quedado inmortalizadas en otra cámara, la de gas, sino chicas sonrientes que degustan arándanos, Rudolf Höß y su amigo Mengele cantando junto a los abedules, un militar alemán que decora un árbol de Navidad, o un grupo de jóvenes que bailan y tocan el acordeón. En la cancela de Auschwitz-Birkenau aún se lee: “Arbeit macht frei”. ![]() Por cierto, en Libertad Digital incluyen hoy esta foto. Los seguidores de la Ley Mosaica y del Talmud observan a la vieja usanza todas sus prescripciones y rituales, con la sana intención de recordarnos que Yahwéh existe. ![]() Madrid. 19 de septiembre de 2007 Me cruzo con uno que fue compañero del colegio. Lleva a su niño a clase. Se casó hace cinco años, más o menos. Recuerdo que era un chico retraído, miope, aficionado a las fantasías, delgaducho y despistado. Durante los recreos solía producir chasquidos con su dedo corazón o anular y el canal entre el índice y el corazón de la otra mano. Me caía bien, procuraba resultar afable y educado. No ha cambiado mucho. El metro se queda parado un buen rato en Núñez de Balboa. Nadie sonríe. A Zapatero le dan estopa hasta en El País. Pero José Miguel Monzón se pone de su parte en la Sexta. Ayer estuve en una comisaría, para contarle a una agente de la Policía Municipal cómo sucedió el atropello de hace diez días. En la mesa de al lado, había un joven que pretendía recuperar el coche familiar, incautado una semana atrás. Resulta que traía la documentación de su madre, pero le replicaron que el vehículo estaba a nombre del padre, de modo que no procedía. Contestó que el padre había muerto. Entonces, le indicaron que debía volver en otro momento con el certificado de defunción. Madrid. 18 de septiembre de 2007 Echo un vistazo a la televisión. Una concursante de un reality afirma que se indentifica con Galileo, porque “se enfrentó a la Iglesia defendiendo sus ideas”. Según ella —una adolescente algo feucha y teñida de rubio—, el astrónomo italiano contradecía a sus coétanos, al sostener que la Tierra era redonda. Duda y exclama: “¿Galileo o Copérnico?, no recuerdo bien”. El mes pasado, mi hermano me contó que había visto en el Discovery Channel o el Canal de Historia un reportaje sobre el “esplendor musulmán”. En ese reportaje se aseveraba que los reyes cristianos mediaveles eran una atajo de fanáticos que echaron por la fuerza a los reyes ilustrados musulmanes —tolerantes, egregios, caritativos— de Sicilia y España. Como ejemplo de su fiabilidad, el reportaje sitúa la muerte de Boabdil en España. Tras la rendición de Granada, dicen, se refugió en Las Alpujarras para resistir a los crueles Isabel y Fernando. En los libros que consulto mencionan lo de Las Alpujarras como señorío que los Reyes Católicos concedieron al último nazarí. Sin embargo, el moro prefirió dejar España y murió en Marruecos tres décadas más tarde, con 76 inviernos. Madrid. 16 de septiembre de 2007 Por la noche veo algo del partido de baloncesto. Se trata de la final del campeonato europeo de selecciones. España juega en el Palacio de Deportes de Felipe II contra Rusia. Un año atrás, el conjunto nacional ganó el torneo mundial en Japón. Al llegar a Madrid, para celebrarlo, se quemó —por accidente— un encofrado que coronaba una de las torres en construcción, allá por la antigua Ciudad Deportiva del Real. Madrid. 12 de septiembre de 2007 Paso por la Jefatura de Tráfico y me devuelven el permiso de circulación. Mejor dicho, imprimen uno nuevo y me lo entregan. Empieza el colegio. Desde ahora y por las tardes, dos sobrinos se quedan un rato en casa. Madrid. 11 de septiembre de 2007 Debajo de casa se han puesto a abrir zanjas como locos. Uno de los obreros, negro como el café, cubre su cabeza con una gorra que luce el escudo de España. Recojo el coche del taller. Ciento y algo euros de vellón. Me gasto diez en gasolina, y no paro hasta llegar al centro de ITV de San Sebastián de los Reyes. Me sellan la revisión. Vuelvo a casa. A cinco o diez kilómetros de Madrid, atasco. Canturreo en el coche algunas composiciones para coro: Gaudeamus igitur, Adeste fideles, Gloria. Caigo en la cuenta de que no estoy a miles de leguas de mi país, ni solo en la calle, ni tan borracho como un hooligan en sanfermines. ¿Alguno de ustedes se olvidaría de que debe mantener a sus hijos? Madrid. 10 de septiembre de 2007 Dejo el coche en el taller habitual. Han prescindido de las formalidades de la lista de espera, a tenor del problema que un servidor les relata. La policía me retiró ayer el permiso de circulación del coche. A la vez, me extendieron un volante que lo sustituye durante diez días. Es el tiempo de que dispongo para pasar la ITV y, después, recoger el permiso incautado. Aunque, para recibir el visto bueno de la ITV, requieren que el retrovisor izquierdo y las luces se hallen en un estado correcto. El peruano rompió ayer el retrovisor —por entero— y un piloto. Me acercó al 12 de Octubre, para visitar a ese peatón que chocó contra el Ibiza. El atropellado. Se trata de un limeño de 36 añazos y con dos hijas. Vamos, un padre ejemplar desvelado por su prole. Lo acompaña su madre, que no tiene ni idea de lo acontecido. No saben que existe algo llamado baja laboral. Madrid. 9 de septiembre de 2007 Anoche había quedado con un amigo para ver “El ultimátum de Bourne”. Como sufre de un esguince de tobillo, lo recogería en una parada de autobús próxima al Ritz, y desde ahí iríamos al cine en mi coche. Mientras lo esperaba, se me acercó un tipo alto y grueso, rubiales, cercano a cumplir los cuarenta. Se me dirigió hablando en inglés, y mantuvimos una breve conversación. Me preguntó dónde había un bar para tomarse una cerveza. Le respondí: “Toda la ciudad está llena de bares, ¿a qué clase de bar quieres ir?”. Tenía intención de salir de marcha con su novia. Le expliqué que, cruzando la plaza, y dejando de lado el Congreso, se encontraría con la calle del Prado. Al final daría con la Plaza de Huertas. Cinco minutos a pie. O diez para él. Me dio las gracias. Sin embargo, al cabo de unos segundos, se volvió y me requirió para otra consulta; quería comprar marihuana o la droga que fuera. Regresaba a eso de las cuatro y media, tras dejar a mi amigo en su casa. Después de la película y una cena sencilla, habíamos estado en una cervecería con otro amigo. Ellos bebieron derivado de cebada, mientras que un servidor prefirió no mojar el gaznate con alcohol. El caso, que cuando apenas me restaban cinco minutos de trayecto para aparcar en el garaje familiar, veo alguien que se estampa contra mi coche. Freno. Llegaron dos ambulancias y tres o cuatro coches de policía. Las heridas sangrantes del amerindio —peruano para más señas—fueron suturadas con pocos puntos. Se lo llevaron. Bastante cerca de un coma etílico. La policía me solicitó declaración, papeles, observar el Ibiza. Di negativo en el control de alcoholemia, pero me impusieron una multa por haber caducado dos semanas antes la revisión de la ITV. Madrid. 6 de septiembre de 2007 Ayer tarde me acerqué al Alcampo para comprar un refresco, pan, yogures, vino, pollo y legumbres. Me crucé un par de veces con una mujer atractiva, menor de cuarenta, bronceada, con camiseta amarilla y pelo teñido de rubio. Cuando terminé mi recorrido, me llegué a la caja para pagar. Detrás de un servidor se puso a esperar esa señora, que llevaba un carro medio lleno. O medio vacío. Mientras la cajera atendía al cliente anterior a quien escribe estas líneas, observé unos puerros que había cogido aquella mujer. Entonces ella me dijo: “Tú eres el hermano de (...)”. No la conocía, pero le respondí afirmativamente, y comenzamos a charlar. Resulta que es una madre del colegio, y le sonaba mi cara por haberme visto en una fiesta de un sobrino. Dice que les tiene mucho cariño a mi hermana y al niño. Madrid. 5 de septiembre de 2007 Retomo este espacio donde, oh queridos lectores, los hago partícipes de variadas impresiones. De estas cinco semanas que he permanecido de vacaciones —ventajas de trabajar por cuenta propia— han acontecido anécdotas y he vivido reflexiones que merecen la pena relatarse. Sin embargo, sólo les dejaré unas pocas. Puede que durante este mes recuerde otras. De momento les traslado un par de detalles sobre los medios de comunicación. Admito que durante agosto casi he prescindido por completo de ellos. Porque, entre otras obras, he leído “The catcher in the rye”, relatos de Alarcón y consejos de Gracián; después de tanto solomillo no apetece chóped. Al caso, he consultado la web de Elentir, quien se ha fijado en una foto —con firma de la Secretaría de Comunicación gubernamental— con que El País acompañaba el domingo una entrevista con Zetapé. La imagen tiene visos de montaje, puesto que aparece Rodríguez corriendo por la playa, pero sin dejar huella en la arena. Aparte de otros matices no poco desdeñables. Bueno, cosas del diario independiente de la mañana. Después de comer he sesteado un poco, con la ayuda de la soporífera televisión. Al apagar, para regresar a mis tareas, he inspeccionado el contenido de las diversas cadenas, nunca mejor dicho. En Telecinco emitían una diatriba contra los “homófobos”. Según la cadena amiga, los gays son normales, y los “homófobos” unos tarados. Aquilino Polaino, José Luis Requero, Enrique Rojas y demás representan la caverna. Zerolo, Terelu y Jorge Javier Vázquez son, por el contrario, la luz de la razón. En estas, un reportero se presenta —cámara oculta en ristre— ante un sacerdote que lo atiende en un despacho parroquial, o así parece. Le expone que se siente aturdido por una experiencia sodomita y le asegura que se siente atraído por los varones. El cura le repite la doctrina de la Iglesia: oración, sacramentos, lucha ascética, alejarse de las tentaciones, los actos de homosexualidad son pecaminosos, etc. Los presentadores de Telecinco califican las palabras del presbítero en términos de nulo encomio. Madrid. 3 de septiembre de 2007 Antes de comer camino por la calle Fernando VI, en uno de cuyos restaurantes me entro un minuto, con la intención de encontrar a un amigo que suele comer ahí. No estaba. Después doblo por la calle Argensola, donde me topo con su Alteza Real don Luis Alfonso de Borbón. Viste vaqueros y camisa azul. Se despide de dos hombres trajeados, y caminamos a la par hasta casi Génova. Durante esos apenas cincuenta metros nos cruzamos con tres o cuatro viandantes femeninas jóvenes; se turban sus rostros al mirar al Delfín. La Coruña. 2 de septiembre de 2007 Ayer tuvimos bodorrio. Hemos dormido cinco horas y pico. Esta mañana, después de desayunar tocino, huevos fritos, repostería, tomate, queso, fiambre, zumos, fruta y algo más, he leído los diarios que el hotel dispone por las zonas comunes: La Vanguardia, el Abc, La Razón. La Coruña. 31 de agosto de 2007 A primera hora de la mañana embarco en un avión desde la Terminal 2 de Barajas. Mañana se casa un amigo que lleva dos años viviendo en la ciudad de María Pita. Llego antes de las siete y media, y facturo una maleta pequeña. Detrás de mí espera su turno una chica que mide casi un metro y sesenta centímetros, algo rolliza y bastante escotada. Luego, mientras esperamos para entrar en el avión, se sienta en frente de mí. Viste de marrón: rebequita abierta, camisa y falda cortas. Su pelo clareado cae junto a unos pendientes dorados con anillas, y rodea una cara con expresión desabrida. El sol entra por su derecha; su piel parece miel. Su piernas brillan. De vez en cuando, se agacha para inspeccionar su equipaje, mostrando su canalillo carnoso, preto y oscuro. Como hace fresco, estreno un jersey verde de Enrico que compré en julio por quince euros. Madrid. 30 de agosto de 2007 Paso por la oficina de una amiga, a la hora de cerrar, para charlar con ella. Me cuenta que este verano sólo se ha tomado cinco días de vacaciones. Dejó a sus padres al cuidado de su caniche, que se hallaban en una localidad de la costa tarraconense. Un coche atropelló al perro, y, en cuanto sus padres la hubieron llamado para contárselo, ella se marchó de Madrid. Durante esos cinco días de asueto, estuvo con su cánido compañero, gastándose nada menos que un millón de pesetas en tres clínicas veterinarias. Me comenta lo afectada que se encuentra. Al chucho todavía le quedan un par de operaciones más, quizá para implantarle osamenta de titanio. Llego a casa y me zampo una hamburguesa casera que rebozo en salmorejo. Provincia de La Coruña, provincia de Málaga y Tánger. Agosto de 2007 Si me esmero lo suficiente, les cuento algunos sucesos de estas semanas. Un restaurante de comida casera en Tánger, un velero de cuatro metros, un puñado de sobrinos, un gin-tonic a medianoche en las aulas de un colegio, un pueblo del Camino de Santiago.
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| © J. M. Sánchez G. | ||||