Madrid. 31 de octubre de 2007

A media mañana se dará a conocer la sentencia del 11M. Anoche los de La Gaceta de los Negocios se animaron con los titulares, porque hoy sacan como gran título de portada: “Hoy puede ser un gran día”. Sobre todo por la famosa decisión judicial. Aparte, también incluyen en primera plana: “Londres recibe al gran inversor saudí con pompa y circunstancias”. En fin.
El otro día, en La Vanguardia también se sintieron ingeniosos y escribieron de esta guisa su título principal: “El AVE, en el aire”. Sí, y con esas letras enormes que usan a diario. Como ustedes deben de suponer, se referían a los problemas ferroviarios de Barcelona.

Madrid. 30 de octubre de 2007

Esta mañana me he presentado en uno de los juzgados de Plaza de Castilla. El peruano que se echó contra mi Ibiza a principios del mes pasado me ha denunciado. Así que dedico la mañana a las gestiones pertinentes. En el juzgado entrego copia de los documentos del vehículo. La funcionaria que me atiende, Ana, se extraña de que el peruano, que según aparece en el atestado iba trompa, me haya demandado. Se trata de un juicio por faltas. Mi madre asegura que mucha gente “nueva” es “sindicalista”.
Las instalaciones de Plaza de Castilla no huelen a nada, ni siquiera parece que contengan aire. El suelo y las escaleras me recuerdan a la Complutense y el examen de selectividad. Aunque el campus de cualquier universidad dispone de cierto terreno ajardinado, trasunto urbano de un locus amoenus.
Las puertas de los juzgados son de madera mixta, ligera y desgastada. Cinco o seis folios cubiertos de plástico se pegan a la puerta con adhesivo. En estos papeles aparece el número de juzgado, así como varios avisos. Entro y veo una sala de unos cincuenta metros cuadrados en que hay colocadas diez o doces mesas. Cada despacho está decorado como le ha venido en gana al funcionario que ocupa el lugar.
Mientras esperaba fuera, he charlado con una de mi edad que me cuenta su caso. Le robaron 600 euros. Los ha recuperado, pero ahora tiene que rellenar papeleo y reconocer al ladrón dentro de un grupo al efecto. Una rueda de reconocimiento, se llama.

Luego me he llegado a la sede de La Mutua. Los he mantenido al tanto de este trámite judicial. El edificio de la Mutua se sitúa en La Castellana junto a Marqués de Riscal. Resulta un inmueble con aspecto nuevo, diáfano y acogedor por dentro. Con cristales limpios, docenas de mostradores, mobiliario recién comprado, pantallas luminosas que funcionan. El personal de La Mutua viste uniforme discreto y de elegancia moderada, con ese aire de azafata de Iberia. Sin duda, deben de fabricar su propio aire.

Por la calle, antes de comer, pasa a mi lado una joven que lleva pantalones ajustados, botas altas de ante y una camiseta blanca sin mangas. El resto de los viandantes se han colocado algún jersey, jubón, chaqueta o abrigo, porque, a pesar del sol brillante, estamos en otoño. Ella, rubia, resultona, escotada y con el pelo suelto, escucha música de su mp3, mientras porta en su mano derecha una carpeta y el último libro de Aznar. Casi todos los varones giran hacia ella la mirada, al cruzarse. Mi amigo Ramón, con pleno acierto, me ha dicho hace poco que debiera incluir algunas fotos en este Dietario. Hoy, de manera especial, le concedo la razón.

Esta tarde me cuentan algo de Estela, la peruana encargada de recoger a un par de sobrinos míos tras las clases vespertinas. Ayer Estela los dejó un ratito en medio de la calle, porque se había olvidado algo en el colegio. Una madre de otro alumno los vio, y les preguntó qué hacían solos. Habían cruzado un semáforo en rojo; el mayor no ha cumplido siete años. Al parecer, hoy también se ha “despistado”. Mañana Estela no vendrá. Ni otro día más.

Madrid. 25 a 27 de octubre de 2007

Me empiezo a instalar en mi nuevo despacho. Me lo cede el cliente al que he estado atendiendo durante las mañanas. La mesa me la regala otro amigo.

Ha comenzado el otoño. Días de sol nítido y deslumbrante, temperaturas de quince grados o menos, y las hojas que se van desprendiendo de los plátanos.
La ciudad sigue con atascos, El Retiro continúa verde y dentro se respira una atmósfera perfumada y húmeda.

He recogido mi nuevo carné de identidad. Por fortuna, todavía no incluye chip.

Madrid. 24 de octubre de 2007

Me entero de que el otro día Boris Izaguirre obtuvo el segundo puesto del Premio Planeta. No se crean, que a pesar de los Savater, Olaizola y Sánchez Dragó, han ganado el Planeta Juan Manuel de Prada, Cela, Torrente Ballester, Gironella y Sender. Aunque, eso sí, con obras menores.
Hace unos años intenté leerme una de estas, pero cesé en mi empeño a los pocos capítulos. Aquello se me antojó un manual para alcanzar la neurastenia.
No siempre acabo los libros; unos resultan ser un tostón intragable, otros requieren una dedicación excesiva. En una ocasión, interrumpí sine die la lectura de “Anna Karenina”; después de las primeras 600 páginas tuve la sensación de que Tolstoi repetía una y otra vez la trama, así que supuse que las demás 300 poco añadirían. En otro momento concluiré este novelón ruso. Si bien antes redactaré una lista con los nombres de los personajes; cada cual tiene uno o dos, y dos o tres apellidos, además de un hipocorístico que nunca es Pepe.
Por cierto, Planeta acaba de poner a la venta un nuevo libro de Aznar. Izaguirre y Aznar. La cuestión es vender.

En leído en Libertad Digital esto: “El PP insiste en que la versión oficial del himno andaluz sea la de Rocío Jurado en La Lola se va a los puertos”. Me ha sonado a guasa, así que he inspeccionado el desarrollo de la noticia. Antonio Romero, diputado comunista, responde que la Jurado “pone el listón muy alto” con su interpretación. Ya saben ustedes para qué pagan impuestos.

Madrid. 23 de octubre de 2007

Ayer estuve de reuniones de trabajo hasta la noche. Al llegar al barrio, anduve dando vueltas para aparcar. Observé que había seis o siete lugares libres y bien anchos. Reservados para minusválidos. Impedidos. Discapacitados. Como se diga.

Esta tarde he asistido a una presentación de un informe. Resultados del mercado publicitario español en Internet. Casi me echo un par de cabezadas. Antes y después, he departido con clientes y colegas de clientes. Ninguno hablaba de otra cosa que no fueran los anuncios, los royalties, las tendencias y los índices de crecimiento. Mientras tanto, mis sobrinos estaban en casa. Me he acordado mucho de ellos.

Madrid. 22 de octubre de 2007

Anoche pasamos por una zona de Moratalaz donde se había producido un accidente. Se encontraban docenas de personas que miraban en la acera. En la calzada se veían dos coches más o menos abollados, y en medio varios vehículos de policía y servicios médicos. Había otro coche en la acera.
Al parecer, un Audi trucado se había subido al bordillo y destrozado la marquesina de una parada de autobús. Había continuado, dejando huella de neumático en el pavimento, y rozaduras de la carrocería en el granito que protege el acceso al metro. Cuando llegamos, la gente que salía del metro se sorprendía al toparse con el coche arrugado, las llantas raídas, y un charco de sangre.
El Audi había recorrido unos veinte metros sobre la acera. Se había llevado por delante a dos que esperaban el autobús. Uno de ellos había fracturado la luna delantera con su cabeza. Lo tuvieron que sacar de debajo del coche entre cuatro.
El conductor, vestido de chándal, con pelo corto y no mayor de treinta años, vino a relatar a los policías que marchaba rápido, enfrascado en una pugna con otro coche. A resultas de esta carrera, un tercero se quedó con el eje trasero partido.

Madrid. 21 de octubre de 2007

Estos días he estado leyendo algunos libros que parecen llevar la contraria a las leyes de Zetapé sobre la Guerra Civil. Aparte, hoy en la portada de La Razón se asegura que treinta familias de etarras serán beneficiadas por la ley de “memoria histórica”, puesto que no se los considera terroristas, sino “represaliados” por Franco, el gran coco.
En su tomo quinto sobre la guerra que editó El Mundo, se inserta parte del decreto con que el gobierno del Frente Popular estableció relaciones diplomáticas con la Unión Soviética. Poco después del Alzamiento, un embajador de Stalin se asentó en Madrid. Se lee en el decreto ad hoc, del 16 de septiembre de 1936, que el Gobierno de la República estima indipensable estrechar sus relaciones “con otras democracias afines, entre las cuales es uno de sus más altos exponentes la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas”. Asimismo, se declara que existe una coincidencia en los “ideales de paz y progreso”.
En este mismo tomo, se inserta un escrito de Zugazagoitia, ministro de Gobernación frentepopulista de 1937 a 1938. Director de El Socialista, Zugazagoitia dejó plasmado en un libro su admiración y respeto hacia los resistentes del Alcázar de Toledo. Los considera héroes que merecen, con total legitimidad, ocupar un lugar de honor y elogio en la historia de España.
Otro día les dejo algún extracto de Felix Schlayer, cónsul noruego que vivió en Madrid durante el primer año de la guerra. Con el título “Diplomat im roten Madrid”, publicó en la Alemania de Hitler su testimonio sobre lo que se cocía por nuestro país.

Madrid. 19 de octubre de 2007

Anoche disfrutamos de una cena benéfica a que nos había invitado una amiga. Se celebraba en un club de golf de La Moraleja, sirvieron cava con los entrantes y un Rioja suave en las mesas. De primero, un revuelto de ajetes delicioso. Vendieron boletos y sortearon decenas de premios: vales para masajes, botellas de vino, cuadros, billetes de avión. Además, los boletos valían su precio como descuento en una floristería de San Sebastián de los Reyes.
Habían decorado el comedor con pétalos de rosas, ramos secos, velas. Un par de músicos cantaban algo de Frank Sinatra.
Terminamos algo tarde. Al salir, las hijas de quienes organizaban la cena, nos invitaron a tomar unas copas en un local más o menos cercano. Hablaban con acento chileno. Una de ellas se fijó en el sofá donde nos habíamos sentado para descansar un rato. Dijo: “Esa tapicería es la misma que la del Consulado de Tetuán”. Muy interesante.

Madrid. 17 de octubre de 2007

A medianoche me fui al aeropuerto, para recoger a mis padres. Mientras los esperaba —tardaron una hora en salir con el equipaje—, cerca de un servidor había un hombre joven con dos perruchos escuálidos. Vestía ropa corta desgastada, caminaba con zapatillas y no se había peinado. Tras deambular un rato por la sala de espera, se acercó hacia una mujer, algo más joven que él. Ella acababa de dejar la zona de pasajeros, con su carro repleto de maletas, su camiseta vieja, sus vaqueros deshilachados y sus chanclas. Abrazó a los chuchos, acariciándolos y revolviéndose por el suelo con ellos.

Esta mañana me he enterado de que ayer hubo otro programa de preguntas a políticos en Televisión Española. Durán Lleida (Duran i Lleida) respondió a una marroquí —servidor no se figuraba que los extranjeros tenían derecho sobre nuestra gobernación— empeñada en dar el espectáculo con su pañuelo. Sobre todo si su hija lo lleva en el colegio. “Es una reflexión larga, que a lo mejor no le gustará”, le espetó su Señoría, en referencia al nulo placer que le provoca el hijab, chador o como se llame ese cacho de tela sobre la cabeza. Continuó su Señoría: “Para mí todas las culturas no tienen el mismo valor. La nuestra es una cultura basada en los Derechos Humanos y en el respeto a la igualdad entre hombre y mujer (...) creo, con todos mis respetos, que ustedes llevan más retraso (...). Le debo pedir a usted que se integre en la cultura que nosotros representamos”.
Una vez me dijo un amigo que la nieve sólo queda bien en las postales. Había sufrido durante muchos inviernos el frío compacto de las heladas, el aire escarchado a la intemperie castellana, y los paisajes cubiertos de blanco.

Madrid. 16 de octubre de 2007

Llevo unos días sin añadir líneas para ustedes, queridos lectores. Discúlpenme.
Hace una semana he cambiado de cliente principal. Le dedicaba las mañanas desde un par de años atrás. Otro cliente me ofreció el doble de ingresos, a cambio de asumir algunas horas más y una responsabilidad más amplia. Con el nuevo me comunico por mail, google talk, móvil. Celebramos reuniones espesas que me suponen un desplazamiento total de una hora o dos. Con el otro cliente charlábamos de mesa a mesa. Su mujer regaba los cactos de la oficina, y me ha dicho que le daba pena que me marchase. De vez en cuando un servidor traía margaritas a la oficina, o calentaba pan con queso y jamón en el microondas, para compartir un aperitivo.
Me invitaron el miércoles a una comida deliciosa en un restaurante cercano. Él pidió un atún exquisito que sabía a solomillo de cerdo. Ella se comió otro pescado y verduras. Por mi parte, opté por la cecina con pimientos de Padrón y carpaccio de buey.
Nunca sabe uno cómo acertar. Por fortuna, me han cedido un despacho que tenían vacío, y así podré verlos cada día. Y seguiremos trabajando un poquito juntos.

Ayer accedí a una web de la competencia de mi nuevo cliente. Se trata de una empresa que ofrece promociones y descuentos de compañías variopintas: hoteles, billetes de avión, cosméticos, cartuchos de impresora o tarjetas de crédito, por ejemplo. En esa web de la competencia había un apartado de fotos. Cualquiera que estuviera visitando el site podía dejar su foto. Sólo hacía falta disponer de una cámara conectada al ordenador. Sí, una de esas redondas que se enganchan junto a la pantalla y que transmiten al momento la imagen del que está tecleando. Webcam. Unas cuarenta personas se habían dejado fotografiar por su webcam. Con sólo un click, la foto se obtenía de modo instantáneo y se insertaba en esa sección, a la vista de todos.
Se añadía un enlace que permitía observar todas las fotografías de los que acababan de pasarse por ahí. Abrí para mirar; hay gente pa’tó. La segunda o tercera imagen, al contrario que el resto, no era un rostro, sino dos pechos de mujer.
Efectivamente; muy predecible.

Para subir el nivel, les dejo un extracto de lo que acabo de leer en Aceprensa. Los del Nobel han concedido su premio de la paz a Al Gore, el político norteamericano que cobra una pasta gansa por sus discursos ecologistas. «El Comité Nobel noruego se exponía a la polémica al laurear a Gore y al Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC). Su fallo se ha interpretado como un corte de mangas a George Bush, un refrendo para una ciencia dudosa o un tributo a los verdes. (...) Lo singular del premio de este año no es la polémica, sino que los laureados no han hecho nada por la paz. (...) Por lo que respecta a luchar por la paz, Gore y el IPCC no han hecho ni pizca. Ni siquiera han hablado de hacer una pizca. Por tanto, el verdadero premiado de 2007 es el “principio de precaución”: algún día podría pasar algo terrible en algún sitio. Así se desprende del comunicado de prensa del Comité (...). Conceder el Nobel por prevenir desastres que podrían ocurrir es señal de que el comité está corto de ideas sobre la paz. (...) Quizá el problema básico del premio Nobel de la Paz es la filosofía que lo inspira. (...) Premiar a los que denuncian el cambio climático no hace sino perpetuar el error de pensar que puede haber paz duradera sin una idea clara de justicia y una noción común de la verdad».

Madrid. 9 de octubre de 2007

He ido a una comisaría para recoger mi nuevo DNI. Hace mes y medio realicé el papeleo correspondiente en otra comisaría, de Málaga. Ya me había caducado el carné. En la comisaría a la que me llego hoy toman nota de mi petición, a la vista del resguardo. Me llamarán cuando se lo hayan enviado desde Málaga.
Me entero de las gestiones necesarias para obtener, ahora, el carné o el pasaporte. Los paisanos y extranjeros se acercan a la comisaría a las siete de la mañana y hacen cola. A las nueve abren los policías y funcionarios, y a las nueve y media ya han repartido los 55 turnos de las personas a quienes atenderán durante ese día.
En enero de 2005 me enteré que los Estados Unidos requerían un tipo especial y muy novedoso de pasaporte, para dejarte entrar por su frontera. Había comprado un pasaje para Miami que partía desde Barajas a los pocos días. Resulta que mi pasaporte, expedido tres años antes, carecía de esas especiales y novedosas características. Tuve que solicitarlo otra vez; acudí a esta comisaría a media mañana y salí con el pasaporte nuevo en menos de un cuarto de hora. No había cola.

El otro día me llama un antiguo compañero —que no amigo— del colegio. En aquella época llenábamos la clase más de cuarenta alumnos. Mis sobrinos, este curso, comparten el aula con quince niños.
El que me llama me dice que ahora trabaja en el colegio, y que sale de su casa con sus hijos, que deben de tener tres o cuatro años. Después del saludo, me pide que le permita empadronarse en mi casa, para poder conseguir una tarjeta de aparcamiento. De aparcamiento en la calle, se entiende. Zona verde. En los últimos tres años, he coincidido dos veces con él. Y no me ha preguntado nada más.

Madrid. 8 de octubre de 2007

Algo después de las cinco de la tarde, he caminado desde Almagro hasta el Retiro. En el trayecto, he pasado por Génova y Goya. Me he cruzado con Verónica Sánchez, luego con Jaime Peñafiel, y tras un par de manzanas con Cristina Alberdi. Verónica Sánchez —Marina en “Mia Sarah”— tomaba algo en un Starbucks. Se encontraba sola y se me ha antojado un poco lánguida o melancólica. Tiene una mirada clara e intensa, unos ojos negros y brillantes como el alquitrán.

Madrid. 7 de octubre de 2007

Hemos estado en casa de mi hermano, que cumple años y cambia de prefijo. He preguntado a uno de sus hijos —nació nueve primaveras atrás— cómo se porta otro de mis sobrinos, retoño de mi hermana. Los dos niños coinciden en el colegio. Responde el crío que de vez en cuando lo ve llorar en el patio de arena de los pequeñajos, sollozando: “¡Mamá, mamá!”. En junio cumplió dos años el de mi hermana. Ella lo levanta a las siete y pico de la mañana, lo deja en el colegio a las ocho y media, y lo recoge casi once horas después.
He pedido a mi sobrino que cuide de su primo.

Madrid. 6 de octubre de 2007

Debía de ser poco antes de las ocho de la tarde de ayer viernes. Debajo de casa la policía municipal detenía coches, al parecer de modo aleatorio. Una agente y tres o cuatro agentes solicitaban la documentación a los conductores. Observé con atención y me di cuenta de que todos los conductores se distinguían por su aspecto amerindio. Ninguno pudo reemprender la marcha, porque a cada uno le expidieron una multa, e incluso le requisaron el vehículo.

Madrid. 5 de octubre de 2007

Ayer por la mañana vi en el Metro a una persona bajita que estaba de espaldas. Vestía con un chaleco sudadera blanco que llevaba detrás la capucha colgada y escrito en letras grises: “Me faltan dos centímetros para ser Nacho Vidal”. Se giró para entrar en el vagón, y observé que se trataba de una mujer de casi cincuenta años.

Por la noche me quedé dormido en el sofá. Me despabilé, para irme a la cama, aunque antes vi un poco la televisión. Me la había dejado encendida. Fernando Sánchez-Dragó presentaba su telediario. Como de costumbre, sin corbata, con su atril y su flor de plástico en el jarrón de su derecha. La flor de plástico me recuerda al new Beetle. Anoche, además, bebía de un vaso relleno de un líquido color amarillo pálido, casi cetrino. Como el té. O el huisqui. Sánchez-Dragó disertaba mientras acariaba a su gato, que se movía entre el regazo y la mesa de este septuagenario. Luego el minino se dio un garbeo por el plató y ronroneó junto al cámara. Este presentador de Telemadrid anduvo hablando un rato acerca de su felino —le ha puesto un nombre que suena a japonés—, dando por supuesto el cachondeo que luego iba a originar en otras emisoras. Sánchez-Dragó se desenvuelve sin prejuicios, sin respetos humanos, como en su casa. A esa hora, se me antoja relajado y hogareño. El abuelo que se toma una copa antes de irse a la piltra, mientras te arrellanas en el sillón, con una manta encima. Muchos espectadores ya se habrán puesto el pijama.
Flor de plástico, atril, gato... Naturalidad o jangada, júzguenlo ustedes.

Les dejo un vídeo de “Nada Partidarios” (Intereconomía TV). Una parodia de la burla que, en defensa de “Educación para la Ciudadanía”, han grabado los chicos de Zetapé. Los de Juventudes Socialistas, para promocionar el respeto y la tolerancia, recurren a la chanza tosca y caricaturesca.

Madrid. 4 de octubre de 2007

Se cumplen cincuenta años del lanzamiento del Sputnik. Los soviéticos consiguieron, antes que los de otras naciones, colocar un satélite artificial en la órbita de nuestro planeta. La noticia no sentó bien en Washington.
En 1993 un profesor me recomendó leer “Lo que hay que tener” (“The right stuff”, Tom Wolfe). El libro narra los esfuerzos de los pilotos y aviadores —existe una sutil diferencia— americanos desde finales de los cuarenta hasta el éxito del proyecto Mercury.
Yeager, Shepard, Gordon Cooper, Pete Knight y Glenn volaron hasta atravesar el firmamento y desmentir las bravuconadas de Gagarin. Mientras que algunos de ellos superaban tres, cuatro, seis veces la velocidad del sonido a bordo del X-15, los ingenieros de la NASA no atinaban con los cohetes. Porque la mayoría de sus lanzamientos estallaban en el suelo de Florida. Las mujeres de los protoastronautas no ganaban para espantos.
Sin embargo, el 31 de enero de 1958 los de la NASA se sintieron eufóricos. El satélite Explorer completó su cometido, y además permitió conocer la magnetosfera, algo que hasta la fecha sólo algunos barruntaban. Van Allen, uno de los genios de la NASA, descubrió la manera como actúa el imán terrestre.
Con una de cal y otra de arena, el trabajo empezó a funcionar como se esperaba, y en 1962 John Glenn se convirtió en el primer hombre libre que navegaba por el espacio. Un año después, Gordo Cooper realizó veintidós vueltas a la Tierra a mayor altura y velocidad de lo que se había logrado hasta entonces. Luego comenzó el proyecto Gemini. Y el proyecto Apollo con sus grandes pasos pequeños. Entre 1969 y 1972, los Estados Unidos enviaron a doce personas a la Luna.
Los comunistas no hollaron nuestro satélite natural, por lo que tuvieron que contentarse con el hito del Luna III, una sonda que capturó y radió —hoy hace 48 años— las primeras fotografías de la cara oculta selenita.
Por otro lado, y en contra de lo que se opinaba cinco décadas atrás, los soviéticos también veían cómo reventaban sus cohetes, y se desesperaban cuando pensaban que eran un atajo de chapuceros. Además, el programa espacial bolchevique contaba con el acicate de las purgas y de Siberia. Todo esto lo hemos sabido mucho tiempo después. Cosas de la prensa libre.

Madrid. 3 de octubre de 2007

Ha estado lloviendo durante la mañana.

He comprado en el estanco un sobre y un bonobús. Metrobús lo llaman. Una chica me ha preguntado si fumo, para ofrecerme Camel. Es morena, se cubre la cabeza con un gorro amarillo, y pasa el día en el estanco, promocionando la marca de cigarrillos del dromedario. Me cuenta que acaba de llegar a Madrid. Viene de Cangas del Morrazo, en la otra orilla de la ría de Vigo. Se le nota en el acento. “Me he gastado cien euros en esos, hasta que me he comprado el bonobús mensual con foto”, me ha dicho, al ver el metrobús. Se refería al abono de transportes.

He leído en El Confidencial Digital que la Chacón “votó en abril en el Congreso contra la agilización del desahucio en pisos alquilados que ahora propone el Ministerio de Vivienda”.

He comido con el amigo con quien había quedado el viernes pero que no se presentó. Ayer lo llamé y le di mi número de móvil. Me ha telefoneado desde la puerta del restaurante, porque me ha estado esperando diez minutos. Se llama D. y hacía casi diez años que no le veía su canoso pelo. Él se ha pedido una pizza de jamón, mientras que un servidor ha preferido osobuco. Luego he regresado a casa andando. De camino, me he cruzado con un amigo de D. y de un servidor. La última vez que hablé con él, Aznar vivía en La Moncloa. Hemos departido un rato cabe la tienda de Prada que hay en Goya.

Poco antes de las nueve de la noche, me he llegado al Alcampo, para comprar leche, miel y cerveza. Cuando la cajera me ha cobrado, le he dicho: “Gracias, ¿qué tal todo?”
–Pues ya ves, un poco cansada.
–Sí, se nota.
–¿En qué, en los ojos? —ha preguntado.
–No exactamente; se te nota cansada, en general.
–Es que llevo muchas horas levantada.
–Será sentada —he apostillado.
–Bueno, es que me he levantado muy temprano.
–¿Cómo, trabajas de sol a sol? Son casi las nueve de la noche.
–No, pero tengo hijos y desde primera hora estoy en danza, y luego me acuesto muy tarde —me ha aclarado.

La cajera del Alcampo no habrá cumplido los treinta y tantos. Es bajita, un pelín rolliza, de piel suave, morena y agradable. Y, sobre todo, es una madre que hoy no se presentará en su casa antes de las diez y media de la noche. No se trata de una rara avis hispanica.

Madrid. 2 de octubre de 2007

He borrado algunos mensajes electrónicos viejos. En uno de ellos me indicaban la dirección de You Tube donde unos conocidos han dejado un vídeo que han grabado este verano en África. Kenia, Tanzania, Ruanda. Vayan ustedes a saber.
En el vídeo aparecen unas leonas dispuestas a llenar la despensa del cubil, y de gorra, claro. Persiguen a una cría de rumiante, tras dispersar a la manada que pastaba junto a una charca. Le muerden el cuello con fiereza. Entonces, un cocodrilo sale del agua, con intención de participar en la comilona. Sin embargo, los astados herbívoros regresan y efectúan una faena digna de Las Ventas.


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© J. M. Sánchez G.