Soto del Real. 17 de mayo de 2008

Ayer estuve en Las Ventas. Y esta noche me he deleitado con los olores de la leña quemada, la carne a la piedra o las hamburguesas enormes de Julian’s.

Madrid. 16 de mayo de 2008

Después de unas semanas con bastante ajetreo, me siento para escribirles —oh, queridos lectores— impresiones cotidianas.

Madrid. 13 de mayo de 2008

Día de Fátima.

Ayer, tras devolver “El mandarín”, vi estas camisetas en un escaparate.


© José María Sánchez G.

Madrid. 12 de mayo de 2008

Estos días he leído un par de libros: “Veinticuatro horas en la vida de una mujer” (Zweig) y “El mandarín” (Eça de Queiróz). Del primero emana el gusto del escritor austriaco, su finura, su precisión, su empatía e indulgencia, y el paladar de sus personajes. Soberbio, impregnado de la dulzura naranja de un atardecer. El segundo resulta a ratos delicuescente, aunque logra una narración compacta. Tiene altibajos en sus ironías; algunas encajan, otras resultan abstrusas o incluso ambiguas. Se percibe en algunas páginas cierta contradicción, ideas apelotonadas que recuerdan a una salsa dulce que disimula el aroma de una carne magra. El portugués, empero, consigue describir al funcionario que se vuelve millonario de un día para otro, y que acaba viajando a la China imperial y decadente.



“Sé dos palabras [en chino]: té y mandarín”

Madrid. 9 de mayo de 2008

Recibo este mensaje escrito en mi teléfono móvil: “(...) Natali, edad 26, empresaria, acabo de llegar a Espana. Te envio MI VIDEO. Busco CHICOS. Envia NATALI al (...)”.

Hace unas semanas descubrí este vídeo en YouTube.

Me recuerda a los campamentos en que estuve cuando tenía doce o catorce años. Pasé un par de Semanas Santas y el principio de tres veranos en campamentos. Dormíamos en tiendas sujetas al suelo con vientos y estacas. Las tiendas a veces estaban hechas de algún material sintético que repelía la lluvia, o bien de lona y se empapaban con las tormentas estivales. Por lo general, en cada una cabíamos unos diez chavales y uno o dos monitores. Los llamábamos “jeques”. Algunos “jeques” tocaban la guitarra interpretando “Maldito cumpleaños” (Los Nikis), “Aquí no hay playa” (The Refrescos), varias canciones de U2, e incluso una que relataba los avatares de un esclavo negro; recogía agoldón para su amo —un tal Macoy— y acababa fugándose.
Me he fijado en los vaqueros y el polo del joven que sale en el vídeo. Parecen un tanto tazados. He observado sus zapatillas, sus gestos. Cómo desliza su mano izquierda por el mástil, recorriendo cada traste. Me he detenido mirando la forma como sujeta la púa y la estriega contra las cuerdas cerca del puente. Se sienta sobre la hierba, apoyándose en el tronco de un árbol.
En los campamentos, después de comer o a media tarde, solíamos realizar algún juego o concurso sentados en corro. Y tarareábamos esas canciones, siguiendo el ritmo que marcaba un “jeque” menor de treinta años, con pantalones desgastados y camiseta ajada.

En mi primer campamento no había duchas. Nos encontrábamos al lado de un río turbio habitado por insectos y ranas. Cubría cosa de metro o metro y medio. Ahí nos bañábamos y limpiábamos nuestros platos metálicos después de cada rancho. Los restregábamos con la arena de la ribera. En otras ocasiones, las duchas se hallaban a la intemperie, o nos sumergíamos en una alberca de agua grisácea.

Madrid. 4 de mayo de 2008

Entro de un Vips. Ojeo los libros y me encuentro con este.

Madrid. 2 de mayo de 2008

Recojo a mi hermana y mis sobrinos en la estación de Atocha. Mañana tenemos la Primera Comunión de otro sobrino.
Los llevo a casa y luego decido enseñarles un par de sitios. Primero, en Felipe II encontramos varias carpas y recintos que han colocado para practicar baloncesto o realizar juegos y concursos. Está a punto de comenzar la Final de Cuatro de la Copa de Europa, y cientos de seguidores de los equipos pasan por la plaza. Unos deambulan con camisetas amarillas. Otros se sientan vestidos de rojo y beben cerveza. Algunos intentan interpretar un mapa. “¡Arratsalde!” a los del Tau.
Los niños se abalanzan hacia los columpios. Al lado, un grupo de seguidores del Maccabi de Tel Aviv se arremolinan y cuentan dinero. Cerca, espera un hombre con camisa azul claro. De uno en uno se aproximan a él, discuten y se intercambian papeles. Los del Maccabi van provistos de billetes de cien euros. De vez en cuando, el hombre de azul se aleja, se esconde. Luego permite que alguien camine hacia él y le entregue unos billetes a cambio de un par de entradas. Al terminar el canje, los israelís salen con paso ligero.


© José María Sánchez G.

Me doy cuenta de que uno de ellos luce una keppá con los colores del Maccabi y una estrella de seis u ocho puntas.


© José María Sánchez G.

Después, paseamos por El Retiro. No se cansan, pero sí se extrañan de la cantidad de sudamericanos y negros de que se atesta el parque. Les encanta subir al autobús.

Madrid. 25 de abril de 2008

Consulto la web del Abc. En la portada, junto a los titulares de interés, colocan una entrada especial sobre las cien mujeres más deseadas por los españoles. El diario monárquico muestra, así, su esmero periodístico y su afán por ofrecer criterio social y político. Dentro del elenco de bellezas no se encuentran Kylie Minogue ni Nicole Kidman. Es más; unas cuarenta beldades figuran como “entrada nueva”, lo que también señala el planteamiento humanístico y el reposo mental de quienes han votado en esta encuesta sobre féminas agraciadas. La que aparece en el primer puesto es Pilar Rubio, una joven desconocida un par de años atrás.

Les dejo estas dos imágenes de la Rubio. Seguro que, si encuentran las dos diferencias, adivinarán por qué razones ha sido elegida como la más deseada. No, no me refiero a su cabello.


© Pilar Rubio & La Sexta

Madrid. 24 de abril de 2008

Debido a un par de invitaciones, me he dado de alta en FaceBook. Me sorprendo de que casi todos mis conocidos traban algún tipo de relación entre sí. Aunque, en varios casos, no sé quién los ha presentado. No un servidor. ¿Por qué uno de mis amigos está en la lista de un profesor de mi Facultad? Jamás se han visto. Cosas de esta aldea llamada España.
Por otra parte, me cuento entre los pocos varones de uno o dos listados. Los hay con las ideas claras. Con razón FaceBook permite mostrar eso de “interesado en: mujeres”. Muchos lo demuestran, a la vista del gran porcentaje de féminas en el grupo de amigos. ¿Estudiaron en los primeros colegios de monjas concertados?
El caso, que he reencontrado a un compañero de un antiguo trabajo. Hemos quedado para tomar una cerveza la semana que viene.

Madrid. 23 de abril de 2008

Este lunes por la noche iba leyendo “El extraño caso del doctor Jeckyll y mister Hyde” por el metro. Bajando unas escaleras, no me percaté del último escalón. Tropecé, haciéndome daño en el pie izquierdo. Siempre la izquierda ocasiona problemas.
En realidad no me molestó demasiado, pero debí continuar cojeando. Esta tarde me he dirigido al ambulatorio de la Seguridad Social. Por una parte, prefiero la observación del galeno a la del vecino. Por otra, realizo la primera gestión para intentar resarcirme algunos euros de la subida de la Seguridad Social de este año —¿adivinan a quién no he votado?—.
Camino con poca dificultad. Aunque, para no mortificar el pie, espero un autobús. Tarda en llegar. ¿Hoy tenemos huelga?
En el ambulatorio hay una cola para las dos ventanillas del mostrador. Muchos carteles informan sobre otra huelga. En las ventanillas exponen sus problemas sendas mujeres mayores, con la cabellera bien coloreada. Espero. Espero. Espero. Por fin, me atienden. Una enfermera de mi edad que se ha teñido de rojo y amarillo algunos mechones.
Estoy de suerte. Una médico se encuentra en su despacho y mirará mi pie enseguida. Es joven, delgada, simpática. Con su acento andaluz me pide que me descalce de ambos pies. Me palpa y bascula el tobillo y el empeine, mientras me pregunta si duele. Cerca del talón le digo que incluso me agrada, que puede seguir si no le importa.
Nada, en dos días ya me encontraré como antes del traspié. Me receta ibuprofeno. También lo aconsejan para prevenir síntomas de Alzheimer. En la farmacia de debajo de casa lo puedo comprar. Antes cerraban a las ocho y media de la tarde. Ahora, me dicen, a las nueve y media. ¡Cuánto tiempo sin visitar la botica! In illo tempore, pasaba por ahí a menudo; la hija—nunca flacucha, la verdad— de la dueña me vendía los cepillos de dientes.
En casa me percato de que el ibuprofeno anda caducado. Bajo otra vez a la farmacia, hago uso de la receta y, por un euro, me dan un nuevo paquete. Les entrego el viejo. Ahora la hija de la dueña es mi vecina. Casada y embarazada.

Madrid. 21 de abril de 2008

El viernes por la noche me crucé con Ignacio Escolar, el que dirige Público. Su desaliñada barba, sus andares, sus acompañantes, su mirada torva. Impermeable a otra voz. Resulta evidente; quis sicut is para cooperar con Rodríguez en esa tarea “intelectual”, en ese traer el novus homo. Hominibus novis novi homines ferendi.

Añado un par de fotografías.


© José María Sánchez G.
Calle Génova. Al lado de la sede del Partido Popular, aunque no se lo crean. Hace tres semanas.


© José María Sánchez G.
Calle del Príncipe de Vergara. Este edificio hace esquina con Jorge Juan. Hace diez días.

Madrid. 19 de abril de 2008

He leído en El Confidencial que Rodríguez Zapatero se dirigió a Olga Viza para proponerle el cargo de Secretaria de Estado de Comunicación, aunque ella ha rechazado. El cejudo ha pensado en otras periodistas cuya orientación política resulta bastante conocida: Àngels Barceló y Nieves Goicoechea. Por cierto, ¿no había sido Olga Viza la moderadora del segundo debate contra Rajoy?

El otro día compré un par de sobres largos en una papelería que hay cerca del despacho. La regenta un señor de unos sesenta que escucha la COPE en un transistor; lo tiene algo escondido en medio de todo el género. El local se encuentra abigarrado de libros, cajas, postales, cuadernos. Apilados sin orden concreto, aunque el tendero localiza en un periquete cualquier artículo que se le pide. Una fina capa de polvo cubre gran parte de las cajas y la esquina del mostrador, único palmo de mueble despejado. Tal es el desparrame y altura del material, que en la tienda sólo cabe un cliente. Los demás esperan en el umbral.
A un tiro de piedra de la Glorieta de Bilbao hay una librería. Se vende y compra de segunda mano. Esta librería es más pequeña que aquella papelería. Pero se aprovecha aún más el espacio. Y el polvo.

Hace unos días me desplazaba en autobús. Dos paradas después de subir un servidor, un viajero entró y no paró de hablar con el conductor. Que si la huelga, que si antes la línea era una maravilla, que si antes daba gusto montarse. Se expresaba con alegría y desenvoltura, sin esperar que nadie le contradijera. Se bajó soltando un “viva la república”.

Casi un mes atrás, tomé esta fotografía. Pocos días después, vi casi unos cuarenta coches de porte —grandes, negros, caros— aparcados junto a El Retiro. Pululaban docenas de chinos trajeados. Y una novia. Y dos limusinas. ¿Son estos asiáticos los dueños de las “tiendas de conveniencia”?


© José María Sánchez G.
Técnicamente, este coche no se encuentra aparcado en la esquina

Madrid. 15 de abril de 2008

Por la mañana, de camino al metro, he olido la hierba recién cortada de los parterres. Cuando olvidemos a Zapatero y la Chacón, seguiremos teniendo en nuestras calles romero, lavanda, pinos y violetas.

Al volver a casa he visto un portal privado de la calle Arturo Soria. Parece descuidado y he tomado algunas fotografías.


© José María Sánchez G.


© José María Sánchez G.


© José María Sánchez G.


© José María Sánchez G.

Al regresar a casa, me he fijado en este anuncio de una parada de autobús.


© José María Sánchez G.

Me pregunto si los que idearon el cartel y decidieron colocarlo han pensado en los viandantes. O si han pensado en quienes esperan el autobús. O en los niños que salen del colegio. Por cierto, en el otro extremo de la marquesina hay un anuncio de lencería.
Supongo que nos hemos acostumbrado a ver de todo en la vía pública. Si alguien se incomoda, se le aplica un consejo repleto de moderación y cuajado de respeto: “Pues no mire”.
Antes existía una muleta con que comenzaban los avisos. “En beneficio de todos”. Ahora suena extraño, si no nos referimos a aquel disco de 1990.

Madrid. 14 de abril de 2008

He participado en una reunión vespertina con un cliente que no termina de enterarse de algunos aspectos. Me he reunido con él media docena de veces desde diciembre, y le he pasado varios memorandos, documentos explicativos, diagramas y esquemas. Pero me requiere cada mes, para que le explique todo de nuevo. Al menos paga con puntualidad.

En su oficina he ojeado la portada de El Mundo. Impagable. Ecce un titular: “La Generalitat [de Catalunya] saca de la cárcel a 4 (sic) violadores tras cumplir cinco meses de su condena de 12 años”. Sigue así: “Concede el tercer grado a 3 drag queens y una go-gó (sic) que abusaron sexualmente de un joven de 18 años”.
Entrevistan al ¿nacionalista, secesionista? Íñigo Urkullu (antes Úrculo), quien asegura: “El permiso del Parlamento para que el Gobierne negocie con ETA continúa vigente”.
La presentación de la Ministra de Igualdad: “La igualdad es el valor más noble de la democracia”. No hay mejor definición del empeño de Zetapé y de la esencia socialista. La libertad estorba para esta empresa con que el Estado ha de propiciar clones del hombre nuevo.

Aprovecho para preguntarles, queridas lectoras. ¿Cuántas de ustedes negocian su sueldo?

Madrid. 12 de abril de 2008

Esta mañana me he levantado algo pronto. Tras tomar un plátano y unas galletas palentinas con leche, me he ido en coche al aeropuerto. Un amigo que vive en Ginebra —y antes en Miami— iba a permanecer un par de horas en la Terminal 4, ya que viajaba desde la ciudad helvética hasta Méjico, y la escala de los trayectos de Iberia se realiza en nuestra villa. Otro amigo también pensaba acudir para saludarlo.
He llegado pasadas las nueve de la mañana y no he visto a ninguno de los dos. En los paneles de información no aparecía la hora para el aterrizaje del vuelo desde Ginebra. He preguntado en un mostrador y me han dicho que el primer avión procedente de la localidad suiza arribaría poco antes de las diez y media. He paseado por toda la terminal. Me entero de que el primer viaje hacia Méjico parte a la una del mediodía.
Junto a la zona de embarque hay unas cuantas tiendas y restaurantes. Y también tres oratorios; una capilla católica donde se celebra misa a diario, una mezquita y una sala sin identificación confesional. He permanecido un rato en la capilla católica. Tranquilo silencio junto al sagrario. Entiendo el significado de “la paz sea con vosotros”. Es decir, “shalom”.
Al terminar mi oración, he querido saber cómo estaban dispuestas la mezquita y la tercera sala. En la estancia para la declamación coránica, poco más de lo mínimo: la alfombra, la esquina orientada a La Meca y el libro mahometano. En la tercera sala, unos bancos de aspecto marmóreo, unas paredes y un atril con un color gris claro e insulso. Había una persona. Estaba comiendo. Partía pan de barra y había distribuido por su banco queso, una manzana y alguna vianda. Nos hemos saludado y he cerrado la puerta. “Shalom”.

Luego he esperado a que saliera mi amigo. Tras casi una hora después del aterrizaje del avión de Ginebra, no lo he visto salir por la puerta correspondiente. Me he marchado, mientras enviaba un mensaje al teléfono móvil del otro amigo. Me ha respondido, escribiéndome que el enlace de Ginebra para Méjico no se produciría de 9 a 11 de la mañana, sino de la noche.
Reconozco que tengo la manía de no emplear el sistema “am/pm” para señalar las horas.

Después de aparcar, he entrado en un supermercado para comprar fruta y pan. Todas las cajas atendían sendas nutridas colas. Me he dirigido a la que se llama “caja rápida”, destinada para despachar un máximo de diez artículos por cliente. Los dos o tres anteriores a un servidor llevaban, efectivamente, escasa mercancía. Pero los que en ese momento embolsaban su género, y veían pasar su comida por el lector de barras, excedían de largo los diez artículos. En mi turno, he preguntado a la cajera si, a fin de cuentas, aquella era la “caja rápida”. Me ha reconocido que así se lo había comentado a esos clientes, pero ellos no se habían avenido a razones y le habían contestado con malas formas. El encargado poco arreglaría, y ella se ha tragado su orgullo.
La cajera aparenta unos cincuenta, y está trabajando en sábado. Y más sábados.

En la prensa he leído el elenco de ministros. Siguen los más simpáticos: Bermejo, la Maleni. Han inventado un Ministerio de Igualdad. Si traducimos el vocablo “igualdad” —dicho por un socialista— al español, nos hemos de esperar poco bueno del Ministerio. Además, la Chacón recibe la cartera de Defensa. Me sorprende una barbaridad esa capacidad estoica de los militares para soportar las vejaciones y obedecer.
Ahora que lo pienso, el Ministerio de Defensa dirige el trabajo del espionaje español. Todavía no sé si Zetapé actúa con temeridad o provocación.

Madrid. 11 de abril de 2008

En la Plaza de Ruiz Giménez —la de San Bernardo, si ustedes prefieren— he visto a uno que vestía con una camiseta pintada con rotuladores negro y rojo. Leo nombres de programas emitidos antaño en la televisión estatal: “Un, dos, tres”, “Barrio Sésamo”, “Verano Azul”, “Los ángeles de Charlie ”. Y nombres de personas que nos resultan conocidas: Pedro Ruiz, Gloria Fuertes, Tina Turner, Bibiana Fernández, Julia Otero. Algunas letras están desvaídas. Quizá por los lavados.
Cosas de la caja tonta.


© José María Sánchez G.


© José María Sánchez G.

Mi madre trata a diario en casa con tres inmigrantes. Una limpia por la mañana, otra baña y lava a su nonagenaria progenitora —mi abuela— por la tarde, y la última ducha a dos nietos suyos y los tiene a su cargo hasta que llega mi hermana para recogerlos. Las tres inmigrantes y mis sobrinos comen fruta, pan, leche, tortilla de patatas o espárragos verdes, queso, chocolate, yogures y galletas que se encuentran en este hogar. Mi madre dice que la comida les resulta cara, y que sólo en esta vivienda pueden completar su alimentación. Alguna comparte piso con gente de todo percal. A veces no cenan. O apenas almuerzan. Les encantan las manzanas. Mi madre las compra golden; un servidor las trae red chief.
Mi madre, como es antigua, no lo llama “solidaridad”.

Madrid. 10 de abril de 2008

Junto a la Plaza del Marqués de Salamanca espero un semáforo. A mi lado está una mujer de unos cincuenta años con dos chicas de entre doce y catorce. Charlan entre sí con familiaridad. Las niñas visten ropa hípica, incluso botas y fusta. Las tres tienen pelo lacio, largo y rubio. La señora les explica cómo deben dominar al caballo, para que el animal sepa quién lleva las riendas, nunca mejor dicho. Al cabo de un momento empiezan a hablar en francés.

Llego a casa, pero me dice una vecina en el portal que hay un incendio en el edificio. Subo y me voy cruzando con otros habitantes del inmueble. Casi todos en bata, pijama o chándal. No los noto tranquilos. Por las escaleras alcanzo el tercer piso, atestado de humo. Huele a materiales sintéticos chamuscados. No arde nada, las llamas se han extinguido. Dos o tres nos acercamos al umbral de la casa donde el fuego ha destrozado la cocina. Los inquilinos se han marchado, dejando la puerta abierta.
Nos bajamos, para esperar que se disipe la intensa humareda. Acuden docenas de policías, médicos y bomberos. Comprobarán el origen del fuego y que no se reavive.
Cuando estoy a punto de entrar en casa, mi vecina llora en la puerta porque no sabía qué terrible suceso estaba acaeciendo a pocos metros de su tendedero. Olía a quemado, escuchaba el ajetreo detrás de las paredes, pero no podía dejar la casa. Su madre yace paralítica en la cama.

Me encuentro agotado y con ganas de trabajar.

Madrid. 9 de abril de 2008

La lluvia intensifica el follaje de los árboles y torna la atmósfera delicuescente.

Me desplazo en metro. El tren se mueve a trompicones, frena con brusquedad en cada estación. Incluso se abren las puertas antes de detenerse. Circulamos con las puertas abiertas durante unos pocos segundos, recorriendo casi veinte metros junto al andén. Me apeo y me dirijo a la ventana del conductor. Baja la luna y le explico los problemas, en especial el último. Se trata de un hombre joven, menor de treinta o treinta y cinco años.

Madrid. 8 de abril de 2008

En el metro un hombre quincuagenario recorre el pasillo, flirteando con una mujer pechugona que pasa por ahí. Ella replica iracunda a sus pretendidos piropos. Evito imaginar qué fórmulas emplea este donjuán para cortejar. Pero lo intenta con dos féminas más, con similar éxito.

Madrid. 5 de abril de 2008

Hoy se celebra un homenaje a don Gonzalo Redondo, quien me impartió clases de Historia durante la carrera. Recuerdo su agudeza, su ironía, su majestad, su serenidad. Y su cariño, su capacidad de retener detalles entrañables. Le encantaba el tabaco y el café. Un santo, un sabio, un hombre castizo y divertido que, sin decirlo, nos animaba a reírnos con la vida.
Durante los partidos de fútbol de Di Stéfano, Gento, Puskas, Marquitos, Del Sol et alii, él leía libros de Ortega y Gasset. Respetaba a las personas, nunca las ideas. Estaba por encima del rencor, no perdía el tiempo en vilezas.

No paraba de hablar sobre la libertad, la sociedad. La conciencia. La razón.

Debí escribirle más, después de terminar mis estudios. La única carta que le mandé, le llegó cuando se hallaba moribundo. Me apena que no estuviera lúcido cuando se la leyeron. Padecía la última fase del cáncer de pulmón. La morfina no deja más que entrever luces difusas. No transcurrió ni una semana más de su paso por este mundo. Abiit. Lo echo de menos.


© Manuel Castells

Madrid. 4 de abril de 2008

Una imagen a veces vale más que cualquier palabra.


El Presidente del Consejo de Ministros del Reino de España, durante la reunión de gerifaltes de la NATO.
Vídeo de estos momentos tan reveladores

Madrid. 2 de abril de 2008

Estos días se habla de estropicios judiciales, en gran medida causados por una estructura administrativa que bien pudiera denominarse chapucera y dejada de la mano de Dios. No sé si al Gobierno le interesa la polémica, para justificar un mayor intervencionismo a la hora de controlar los diversos tribunales. Pero da la impresión de que al Ministro de Justicia y a los Consejeros autonómicos del ramo les resulta ajeno este berenjenal.
El Ministro restringe su cargo a gastarse un dineral en el pisito, insultar a los jueces, la oposición y los funcionarios. No tiene pinta de andar interesado en cómo mejorar las dotaciones de la Justicia. Se trata de un fiscal que no ha ganado ningún caso. Y vive sin conciencia de que un juzgado suele encontrarse henchido de sumarios apilados en cualquier rincón, mesas y puertas desvencijadas, retrasos continuos, denuncias falsas.

Algunos acusan a los jueces de aplicar sentencias flojuchas. Las que aparecen en las leyes elaboradas por Zetapé y sus colegas de “profesión”.
Otros acuden a un juez para cualquier litigio que no han sabido resolver con honradez cara a cara.

Me contaron que uno había contratado a un marroquí, pero se arrepintió al cabo del tiempo de prueba. Le comunicó que no contaba más con su presencia en el trabajo. El moro lo denunció por discriminación y malos tratos. Me enteré del embrollo in medias res, y el desenlace parecía postergarse sin visos de esperanza para el denunciado.

Madrid. 1 de abril de 2008

He tenido la sesión oral del juicio que me ha planteado aquel peruano. En la demanda, este amerindio asegura que cruzó la calle por el paso de peatones, mientras el semáforo lucía un muñequito verde. En el atestado policial y la declaración de testigos se afirma justo lo contrario. Leo en las diligencias policiales que el peruano estaba bastante borracho y que llegó a reconocer que había tomado hasta ocho cervezas. ¿Ocho o dieciocho? Da igual. Además, el demandante se echó contra el lateral del coche.
No se ha presentado y la jueza me ha absuelto. La sentencia se me remitirá por correo dentro de pocos días. Los funcionarios de Plaza de Castilla no dependen del Ministerio de Justicia, sino de la Comunidad de Madrid. La huelga no va con ellos.
De momento, he perdido dos mañanas en el juzgado. Y, a causa de esta demanda, el juzgado ha dejado de atender casos de homicidio, malos tratos, violaciones y robos.

Otro americano del Sur se ha presentado al juicio. Es un testigo que aporta una versión de los hechos opuesta a la del peruano, y coincidente con la mía. Dice que, aunque este no sea su país, se ve obligado en conciencia a defender a quien tiene la razón. Canta en una coral.


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© J. M. Sánchez G.