El Soto (Madrid). 13 de junio de 2009

La semana pasada asistí a un pequeña obra de teatro de mi amiga Eva. Actuaba con su colega Maru en un bar de copas cercano a la Gran Vía. Al terminar, estuvimos charlando un rato sentados junto a la barra, tomando una cerveza. Le gustan las coronitas. Eva habla de manera intensa, expresiva. Sonríe y resopla en la misma frase. Pero no bisbisea. Es alta, esbelta, de rasgos firmes y decididos. La acompaño a su casa, que está en un edificio antiguo de la calle del León. Llegamos a su portal a eso de las diez y media pasadas de la noche. Casi las once. Sopla una brisa agradable y refrescante, después de un día algo recalentado.
Nos abre la puerta su marido Carlos, que no para de sonreír mientras habla conmigo. Subimos a la buhardilla, donde se encuentran las alcobas de sus hijos. Las dos niñas, rubias y pizpiretas, están depiertas en la cama. Me enseñan su habitación, pintada con nubes y color celeste. “Es la habitación del aire”, me dice la mayor. Cuelgan de las vigas tirantes del techo unos pájaros de alambre con sus alas bien desplegadas. Han salido de una jaula, también suspendida en la atmósfera, que está abierta. El dormitorio de los niños imita el mar. El niño mayor no me presta atención, porque no aparta su mirada del libro que lee. Carlos le ha colocado una lámpara para que pueda leer de noche cuanto quiera.

Esta noche hemos cenado en un restaurante de El Soto, donde sirven carne de buey que se cocina sobre una piedra ardiente en la misma mesa. Al principio, nos hemos sentado fuera del local, para disfrutar del aire nocturno. Nos ha atendido una joven eslava educada, atenta y atractiva. A nuestro lado había dos chichas que tomaban una cerveza. Una de ellas vestía una camiseta gris abierta por las sisas y el escote, pequeña y bastante ceñida. No llevaba sujetador. La otra lucía una indumentaria parecida y un busto notablemente mayor de lo común. Nos miraban de vez en cuando, fijando los ojos. En un momento dado, se han puesto a servir bebidas en una mesa en torno a la cual se acababan de sentar tres hombres.
Al poco, ha chispeado y nos hemos mudado al interior del restaurante. Los tres hombres también. Hemos pedido unos buñuelos de bacalao, una ensala mixta y unas croquetas de jamón. También carne de buey a la piedra para dos, aunque somos cuatro.
Mientras desgustábamos los buñuelos, la chica de la camiseta gris y sin sujetador se ha marchado en compañía de uno de aquellos tres hombres. Han debido de estar fuera cerca de una hora. Nos ha traído los platos una cuarta camarera, también eslava, rubia, de formas suaves y redondas. Llevaba un pantalón de lino blanco traslúcido.
La cena ha resultado muy agradable. Quizá más para ese tercer hombre que hubo dejado a medias su plato. Según la primera camarera, todo el mundo les comenta que la carne de ese restaurante está muy buena. Cierto, y ¿quién sabe si dos veces cierto?

Esta semana, mientras esperaba el autobús, he visto a un hombre que se llegaba un parterre vallado. En el parterre hay un melocotonero cuyas ramas están al alcance de cualquier mano. Se ha tomado unos cuantos melocotones cetrinos, sin ningún rubor ni recato.


© José María Sánchez G.

Madrid. 4 de junio de 2009

(y perdón por no colocar los acentos)

Si ayer la Pajín habló de un acontecimiento histórico para el planeta, hoy ha sido Barack —el Ungido— Obama quien ha despachado una nueva imbecilidad, al añorar los tiempos idílicos de la tolerante al-Andalus. De Obama no esperaba pulcritud académica, honradez, parlamentos razonables, ni moderación. Sin embargo, sus palabras y las de la “Pajina mental” resultan muy interesantes, porque señalan que el “logos” se encuentra casi muerto del todo. Siguiendo la escuela epistemológica mahometana, tanto Obama como los progres españoles han resucitado el “mythos”.

Tiene pinta de que dentro de poco se pondrá a llover. Luego iré a un funeral, el tercero del año. En esta ocasión, rezaremos —al Dios verdadero, claro— por el alma de un recién nacido, y por el consuelo de sus padres, jóvenes y primerizos.

Me falta imprimir mi papeleta para las elecciones del domingo:

Madrid. 3 de junio de 2009

Retomo mi interés por anotar líneas en este espacio, tras un periodo en que me he dedicado a trabajar más de la cuenta. Este año ingreso una quinta parte más de dinero que el anterior, lo cual explica por qué me afano tanto en mis quehaceres profesionales. Si aquella cantante folclórica era “como una ola”, este servidor es como una isla. Aún me queda lejos don Emilio, pero también algunos terceros que han optado por reunirse, motu proprio, con Caronte.

La semana pasada el tren metropolitano en que viajaba se quedó detenido en una estación. Dado que andamos en periodo electoral, preferí tomar la iniciativa. Me llegué a la taquilla y pedí que me devolvieran el importe del trayecto por medio de otro billete. Comencé argumentando que la inquina de los sindicatos contra Esperanza Aguirre, y el consiguiente boicoteo del metro, queda al margen de mi vida. Y por tanto podían seguir saboteando el servicio público, siempre y cuando no me costara un céntimo. Accedieron, sin querer replicar lo tocante al boicoteo sindical, y me entregaron un billete nuevo. Al día siguiente sucedió lo mismo, y reaccioné de igual modo. En esa ocasión, el taquillero procuró negociar, alegando que lo estipulado consiste en esperar quince minutos antes de reintegrar los trayectos. Le repliqué que no tenía intención de entrar en ese juego de boicoteos de diez o catorce minutos, y que ya seguiría mi marcha en la superficie. Me dio un billete nuevo.
“Humildad” procede del latín humus, que significa “suelo”. El metro va por debajo.

Hace unos meses me contaron que una antigua novia se casa. O se ha casado ya. Me alegro. Ella no se alegra al verme. Guisaba bien. Recuerdo sus deliciosas tortillas de patatas. Casi nadie las hace mejor.

Llaman a casa. Deje sudamericano y excesivos ambages para ocultar las intenciones comerciales. Ya conozco el modus operandi y cuelgo en menos de cuatro segundos. Sin ambages. Luego llamo a París. Me atienden en español, con perfecto acento castellano.

Leo en El Mundo (El País no lo incluye en portada): «Leire Pajín ha asegurado que la coincidencia de que José Luis Rodríguez Zapatero ostente la Presidencia de la UE y Barack Obama presida EEUU será un “acontecimiento histórico” para “el planeta” y supondrá “una esperanza para muchos seres humanos”». ¿Dentro de esos “seres humanos” contamos a los fetos de 14 semanas? ¡Cuántas “pajinas” mentales!

Aquí dejo mi propuesta de cartel electoral.

Madrid. 27 de febrero de 2009

Ayer me contó alguien —con gran alborozo— que a un conocido suyo le acababan de conceder el “tercer grado penitenciario”. Este conocido inmigró hace unos años desde un país americano y, durante el tiempo que lleva en España, ha sido condenado por dos delitos. En muchos casos, la primera condena de cárcel que recibe uno no se cumple. La segunda condena de este americano le fue impuesta por cometer perjurio en el juicio de un amigo.
Me cuentan que, en realidad, este inmigrante es un tipo fantástico. Cierto: todos los que están en prisión no merecen permanecer recluidos, porque la culpa hay que achacarla a la sociedad y los jueces. Los familiares y amigos de Iñaki de Juana Chaos —pongamos un ejemplo— lo elogian sin matices, lo consideran una persona maravillosa, de una hondura humana inconmensurable. Seguro que ustedes —que se comportan muy indulgentes conmigo— se enternecen al escuchar a la madre de un etarra. Ustedes no conocen a ese hijo, un vástago amantísimo y dulce.
A este americano de rasgos precolombinos le van a reconocer el pleno derecho de residencia. Su mujer ha permanecido más tiempo aquí y ya tiene derecho de voto. Dentro de poco también él votará en las elecciones. Comicios autonómicos, municipales, generales, europeos.

Madrid. 21 de enero de 2009

Es el día para que los obamitas disfruten todo cuanto puedan con las promesas, la esperanza, el futuro y la utopía. De modo que no lo pienso empañar. Me regodeo viendo a los modernos mesías, cuya imagen recibe veneración en las cuatro esquinas del mundo.


© Shepard Fairey

Madrid. 15 de enero de 2009

Me relatan que a una chica de quince años le han propinado sus compañeras de clase una paliza que la ha dejado tuerta. Me lo cuenta alguien que conoce a su mejor amiga. Las compañeras han golpeado a más personas, han roto bastantes huesos y han hecho defecar sangre a algunas de sus víctimas. Para compensarlo, de vez en cuando realizan “servicios para la comunidad”.

Madrid. 9 de enero de 2009

Anoche llegué tarde a casa. Salí de mi despacho a eso de las once y media. Desde allí anduve una hora o más a través de calles frías y casi vacías. Poco antes de entrar en mi portal, empezó a nevar. Me detuve y alcé la mirada; copos blancos que descendían lentos, balanceándose entre la brisa que sonaba como una flauta entre las ramas de los árboles. Recordé aquella versión cinematográfica de John Huston sobre el libro de James Joyce. La escena final, cuando el protagonista rompe el ritmo tedioso del largometraje y dice algo así como: “Sí, los periódicos están en lo cierto; la nieve cae sobre toda Irlanda, cubriéndola por completo; y cubriendo también todo lo que somos, dejando una capa helada por encima de cuanto hayamos hecho en esta vida”.


© José María Sánchez G.


© José María Sánchez G.

Madrid. 6 de enero de 2009. Festividad de la Epifanía.

Una ecuatoriana ayuda a mi madre por las mañanas para cuidar de mi abuela. Ayer telefoneó a mi madre un rato después de la hora a la que suele llegar. Explicaba su retraso aduciendo que se había dado un golpe, y daba a entender que prefería no acudir a la casa de mi madre. Mi madre intuyó —con cierto error— que la ecuatoriana no quería trabajar en lunes, siendo el martes fiesta de Reyes. Mi madre acabó imponiendo su criterio. Al cabo de veinte minutos la ecuatoriana llamó a la puerta. Tenía un ojo morado, cardenales en otras partes del cuerpo, y olía a cerveza. Su marido bebe con frecuencia. Mi madre le preguntó si él la había golpeado.

Madrid. Kalendis Ianuariis. Festividad de la Circuncisión del Señor.

Suculento solomillo de buey, jugoso. Carne rosada, casi roja. Asado durante un minuto en su grasa. Un sobrino —esta primavera cumplirá cuatro años— se ha comido con deleite ostentoso medio filete.


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© J. M. Sánchez G.